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miércoles, 14 de julio de 2010

2.2 Rústico

Entonces surgió la conversación:

- Existo y pienso, ¿ellos lo sabían?-

Rusticiani non civilae, rusticiani non personae

- ¿y quién ha decidido por mi?-

No esperaba otra cuestión, empero, siguieron otras en torno a su vida. Mi arrogancia inicial se transformó en un tono afable; el comenzaba a comprender.

La pregunta correcta no es ¿quién?, sino ¿por qué? y ¿para qué?

Titubeó durante un momento hasta que con severidad me dijo:

- ¿
por qué?-

En ese instante empecé a hablarle como si un ansia por llegar al final me hubiese tomado.

No aceptan huéspedes, ni tampoco invitados, es un club social limitado.

Por su mirada parecía que no me seguía, adopté una postura severa, pero antes de que pudiera decir alguna palabra dijo:

-
¿para qué?-

Para satisfacer su cerebro de reptil, si tu no existes, ellos buscarían a otra persona, o la inventarían, así podrán seguir con los deseos que le son propios.

- ¡son humanos, no reptiles¡, dijo con severidad-

Animales disfrazados de humanos, ¿humanos sin cerebro de reptil serían humanos?, ¿pienso luego existo? ¿existo luego pienso?.
Existes, existo y existen... ¡la inconciencia de la existencia¡
... ¿Qué puede asemejarse a la razón?.
Antes que racionales, irracionales.... sentimentales en definitiva.

Me miró perplejo, tras unos segundos dubitando, dijo:

-
¡Pero en los sentimientos también hay cariño, afecto... amor¡¡-

Sí, pero también odio, envidia... Cualquier sentimiento que nos sitúe en la deshonestidad es también sentimiento.

-y la razón, ¿es honesta?-

No, si eres malvado; éste actuaría con plena conciencia sin importarle los daños que pudieran sufrir las personas.

Algo presintió porque se mantuvo quieto mirandome con sus negras pupilas, debió de hacerse una idea de la calaña de persona que era y ahora intentaba adivinar mis movimientos.

Rusticiani non civilae, rusticiani non personae, ellos conformaron tu destino y yo acabaré con su obra

No dijo nada, se volvió a la pantalla del ordenador

Viniste de Brasil para huir de tu tío y los continuos abusos y dejaciones a las que te sometía, confiaste en la justicia punitiva de ellos, empero siguen sin aceptarte como igual; pues, ¿qué es una justicia racional en un mundo de inconsciencia y recuerdos conformados?. No te devolvieron tu dignidad y arrastras los hechos como argolla que te presiona.
Sin embargo, lo que sigo sin entender es por qué te aferraste a esta vida.

-Y tú, a cuantos has matado, a cuantas almas tienes como remordimiento en la cabeza y te...-

Su voz se volvía ágil y segura mientras la rueda experimentó una vehemente impaciencia, antes de acabar la frase, ésta impactó contra su pecho y una de las cuchillas se lo atravesó.

Miraba hacía arriba, con la boca abierta; a la vez, tenía convulsiones, y de una arcada, escupió sangre. Al cabo de un rato, el peso de la rueda provocó que el cuerpo se venciera hacia adelante iendo a parar donde estaba extendido un charco con su sangre.

Caminaba hacia la puerta que comunica con el exterior, cuando me dí cuenta de que menos ésta, las otras puertas se encontraban entreabiertas. La primera hoja empezó a ladearse haciendo sonar la visagra.



miércoles, 2 de junio de 2010

THE VERY BEST OF THE STONE ROSES


Hace unas semanas, buscando entre compactos en la tienda de música Revolver, encontré el disco recopilatorio de The Stones Roses, banda nacida en el Reino Unido a finales de los años 80. Recorriendo su lp, uno puede imaginarse a grupos de la talla de Oasis o Blur en sus primeros años, y es que parte de los críticos sostienen que éstas y otras bandas del Brit-pop han asimilado parte de la música de The Stone Roses.
El álbum comienza con "I wanna be adored" el tema más tatareado por sus fans, sigue después con temas tan peculiares como "She bangs the drums" , "Waterfall" o "Fools gold" para acabar con una canción del año 1989 "I am the resurection" .
Quienes como yo conocieron al grupo a través de la canción "Elizabeth my dear", ésta no aparece, quizás porque el disco quería mantener la esencia de The Stones Roses.
Recomendar el recopilatorio a quienes indagan en los orígenes del Brit Pop.


A few weeks ago, searching compact Revolver music store, I found the compilation album The Stone Roses, a band born in the UK in the late 80s. Revising his Lp, one can imagine groups of the size of Oasis and Blur in the early years, and that some critics argue that these and other Brit-pop bands have absorbed some of the music of The Stone Roses.
The album begins with "I Want to Be Adored" humming the track by fans, still later with themes as peculiar as "She bangs the drums", "Waterfall" or "Fools gold" to end a song of 1989, "I am the resurection. "
About as I met the group through the song "my dear Elizabeth," this does not appear, perhaps because the disc I wanted to keep the essence of The Stones Roses.
Recommend compilation who delve into the origins of the Brit Pop

The Stone Roses:

- Ian Brown
- John Squire
- Gary Mounfield
- Alan Wren

http://sinera.diba.cat/search~S171*cat?/Xthe+stone+roses&searchscope=171&SORT=R/Xthe+stone+roses&searchscope=171&SORT=R&SUBKEY=the%20stone%20roses/1%2C9%2C9%2CB/frameset&FF=Xthe+stone+roses&searchscope=171&SORT=R&5%2C5%2C"

http://www.discos-revolver.com/"

http://www.thestoneroses.co.uk/"

viernes, 28 de mayo de 2010

2.1 Carrer València 369

No hizo ni un instante que las sombras absorbieron toda la luz cuando me encontraba en un pasillo largo y lúgrube. A la derecha cinco puertas. Al fondo, latente, la poca luz de la casa parecía emanar de algún televisor encendido. Proyectada en la pared, una sombra no muy alta parecía inquieta.
Luca es un chico de veintinueve años, moreno de piel y pelo negro. Hace diez años dejó atrás su vida en Sao Paolo para instalarse en Barcelona. Aquel jóven que acababa de dejar la pubertad no pudo contener las lágrimas en su primer viaje al viejo mundo.
Con la esperanza como timonel, poco a poco el cielo del trópico de capricornio dejaba paso al Ecuador y tras atravesar el gran Atlántico la peninsula hizo acto de presencia. Empero el viaje no se presuponía fácil, cuando el avión se acercaba a Madrid, una tormenta acompañada de rayos y relámpagos aseguró un aterrizaje brusco e intranquilo.
Si en Madrid era la tormenta quien recibió a Luca, su llegada a Barcelona fue completamente opuesta. El sol relucía en su máximo explendor y la temperatura aún siendo elevada se podía soportar debido al viento de Tramontana que soplaba.
Aquella noche sin embargo, aquel chico era ya un hombre en cuya mesa había un ordenador portatil, un cenicero con varios cigarillos y un tubo con ron y hielo. En un instante se levantó, y quitando importancia a la película que veía en el ordenador, puso la cadena de música. Placebo era el grupo que empezó a sonar. Se volvió a sentar, cogió otro cigarillo y se lo encendió. Su mirada volvía al ordenador en dos direcciones, la primera era para mirar si alguien estaba conectado en el mesenger y la segunda dirección, vaga como de soslayo, se dirigía a la película.
La película era un clásico del cine de acción de serie Z titulada el Patito Lila, cuyo personaje se ve inmerso en un mundo de muerte que el mismo no busca pero del que no puede escapar.
En esa escena aparece el patito lila en un escaparate de una tienda. La película se detuvo en ese instante y Luca al percatarse, buscó la manera de continuar con la reproducción. Después de varios intentos, pensó en que el programa se había bloqueado e intentó cerrarlo, sin éxito, miró la escena y antes de que presionara el botón de reinicio de windows, se fijó en un objeto circular que en la escena parecía estar fuera de contexto. Lo extraño era, que mientras la imagen estaba congelada, aquel objeto con forma de rueda se movía sobre su eje, en cada parte del eje dos cuchillas.

sábado, 15 de mayo de 2010

1.3 El ángel

La madera de la rueda absorbió toda la sangre que pudo y su tonalidad adquirió un color ocre.
La noche se marchaba a la vez que el salón perdía el rastro de la muerte. Cuando el gris ganó terreno al negro, Nico, Susi y Samba marcharon a dormir al dormitorio de Reyes.
La mañana parecía abrirse de nuevo entre nubes. Cuando el despertador sonó, en la casa reinaba una inusual tranquilidad. Me levanté y puse agua a calentar para tomarme una infusión. Era temprano y domingo por lo que todavía era pronto para estar despierto. Dejé la infusión reposar y fui al baño a lavarme la cara. Al llegar a la puerta me percaté de que las tres siluetas felinas se encontraban en posición severa; Nico, Susi y Samba contemplaban mis movimientos desde el pasillo por donde hacia un instante acababa de pasar. Sorprendido de no habérmelos cruzado, entré en el cuarto de baño, me miré al espejo y dije: -bueno me acabo de levantar, es normal que ande algo despistado-. Salí del baño y volví a la cocina, en el camino, no había ni rastro de los tres. Me tomé el té rojo, me recogí en la habitación y me tumbé en la cama durante un rato más.
Son algo más de las tres de la tarde y expuesto al sol el calor se hace insoportable. Bajo el portal número 43 me sitúo para resguardarme del calor y también para esperar la salida.
La humedad tampoco es buena compañera de espera y a pesar de estar protegido de la acción del sol, tengo la camiseta empapada. Sólo quiero darme una oportunidad más, sólo quiero darle una oportunidad más. Unas gotas de sudor recorren mi rostro, la inquietud parece haberse apoderado de mí, y antes de dejarme llevar por el desasosiego, la veo.
Por la puerta aparece una silueta femenina, su piel frágil y blanca está protegida por un vestido de tela blanca y ligera, sólo las piernas se escapan y me permiten comprobar que son proporcionadas y hermosas. Sus ojos azules, acaban de ser tapados por unas gafas de sol, la bella en la Costa de Azul, se podría haber titulado la escena en la que ella abandona la librería donde trabaja; sin embargo una vez más, la Costa Azul se desvanece y la bella es sólo una imagen que se aleja por la calle.
Me desplazo, la sigo, la alcanzo y cuando quiero decirle que, de todas las cosas maravillosas del mundo sólo hay una que reuna el encanto de todas ellas, me vuelvo introvertido, el corazón se me dispara, las ideas se difuminan en la nada y las palabras campan libres y sin razón. Ella me conoce, sólo soy otro cliente más. Se ha percatado de que estoy a su lado y con modestia, decide atenderme; un hola, un ¿qué tal? y ya es suficiente para mí.
Lo planeado por la razón durante días, se viene al traste cuando estoy cerca de ella, el plan parecía perfecto, sin embargo, ante su persona soy un tartamudo que responde titubeante -sí, bien gracias me dirijo a ver la programación de los Cines Alexandra.-
Ella debe de notar lo patán que soy y esboza una sonrisa, que sosega al monstruo que me daba la sensación ser en aquel momento. La conversación siguió con sus sutiles preguntas, más naturales e inocentes que las que dije yo, llenas de artificio e impertinentes.
Sin venir a cuento, lo dije ¿te apetece tomar algo?, ella volvió a mostrar su perfecta sonrisa y me dijo que no podía, que el tren de Parets se le escapaba. ¿Por qué tengo que meter la pata cuando pasa delante mío un ángel como ella?
Aquella respuesta, me indujo de nuevo al estado introvertido, pero el aire ya era muy pesado para soportarlo. Le dije: -vale-, le desee buena tarde y me fui sonrojado en sentido contrario.
Aquella noche, en mi habitación, lloré mientras repetía para mi mismo: ¿qué planes tendría que hacer?, ¿le habré parecido un bicho raro?, peor aún, ¿no pensará en mis sentimientos?.
No hizo ni un instante que la oscuridad absorbió toda la luz cuando me encontraba en un pasillo largo y lúgrube. A la derecha cinco puertas. Al fondo, latente, la poca luz de la casa parecía emanar de algún televisor encendido. Proyectada en la pared, una sombra no muy alta parecía inquieta.

sábado, 8 de mayo de 2010

1.2 La rueda se alimenta

Dicen que por la boca pequeña no entran ruedas de molino, quizás por eso ella hablase así, para que no le entrasen esas ruedas, sin embargo lo que en ese momento los tres pequeños felinos no sabían, es que la rueda de molino que se estaba conformado incluía dos cuchillas, una a cada lado del centro de la llanta. Esa rueda se acabó aquella misma noche.
Valedora del título de paranoica era Pamela, digo que era porque aquella misma noche desapareció. Cierto es que la rueda siguió allí en el salón, quieta, esperando a un nuevo amo, que quizá la siga dando forma o que quizá sólo se deje llevar por su suerte.
Pamela había hecho de la convivencia un orden, que de tanto en tanto era alterado por las risas de las dos de la mañana. Aquella noche las risas habían vuelto y Pamela violentada por tal desaprensión, se levantó de la cama y se fue al salón. En el momento, había un grupo de personas, algunos conocidos y otros no, pero allí estaban todos mirándola desde arriba. Pamela se puso las manos en la cabeza y se tapó los oídos, pero allí seguían. Al cabo de un rato las risas pararon, pero en sus caras sólo había sardónica risa que sin embargo la hicieron encerrarse en su paranoia y empezar a lanzar insultos acá y acullá con cierto resultado incierto, ya que las personas volvieron a reírse. Exhausta, con el último resuello, empezó a balancearse, se contrajo en posición fetal y empezó a hablar en voz baja. Cuando quiso darse cuenta de que había una rueda enfrente de sus pies, la suerte ya la había tocado y como ésta habló con las percas en la rueda encontró un hilo.
Mientras cogía el hilo, más voces, esta vez sin rostro, se sumaron al escenario,que como foro público de la risa le hacían a ella sentir sórdida. Vuelta a la risa, vuelta de nuevo a oír y sentir ser alguien diferente por el rechazo; vuelta la sardónica, vuelta y vuelta, todo girado y otra vez a empezar.
Que decir de la risa que no estuviese experimentando ella en esos momentos, sólo retozadas de aquella mujer de unos cincuenta años, de pelo corto y mirada fulminante parecían afectarla con más indignación que las otras.
Cuando lo locuaz dejó México y definió la materia de ella, en la rueda se acababa de conformar, sin que ella fuese consciente de lo que hacía, dos cuchillas.
Una de ellas fue dirigida con firmeza por el brazo izquierdo hasta situarse a una distancia prudencial,la que separa la vida de la muerte. Empero, aquellas no debían ser las instrucciones correctas, porque de nuevo, un hilo de lana de color negro descendía hasta que se posó en la cuchilla. Confundida Pamela, dudó, y con ademán de supervivencia, intentó quitar la cuchilla de su alcance. Nerviosa, sin meditar en lo que estaba haciendo levantó la rueda y en el momento que veía alejarse la cuchilla, apareció su hermana de acero y le sesgó el cuello. La sangre, empezó a extenderse por todo el lugar. La madera de la rueda absorbió toda la sangre que pudo y su tonalidad adquirió un color ocre.

martes, 4 de mayo de 2010

1. Bajar al inframundo

Aquella tarde de primavera se presentó impetuosa. Dentro de la casa, las ventanas se retorcían, los cristales parecían hincharse y las gotas ayudadas por el viento, intentaban vencer la fuerza de la pared, humedeciendo solamente el muro que separaba la terraza de mi habitación y la de Pamela. En la parte de la casa donde no había contacto con el exterior, sólo había un fino hilo de actividad, el sonido del viento al quebrar contra la estructura de los edificios, inmaterial pero presente.
Sin embargo, era el frío la circunstancia que nos hacía a mí, a Reyes y a Pamela permanecer en nuestras estancias próximos a las estufas eléctricas.

Yo decidí desconectar un poco. El día había sido muy agotador; por la mañana,deprisa y corriendo había estado elaborando dos trabajos académicos cuya fecha de entrega vencía a las cuatro de la tarde. El resultado fue funesto. Quizá por ello errático me encontraba, y tras tantear sin éxito lugares que antes acogieron mi ubicuidad, sólo encontré un lugar cómodo en el que poder asentarme. Me estiré en la cama y cerre los ojos.

Tres son los gatos: Nico, Susi y Samba. Nico mezcla de gato noruego y gato común europeo le viste un largo pelo de color blanco y marrón oliva. Es afable y de perfil se asemeja más a un tonel que a un gato. Susi es una gata común europea de color gris con franjas negras, de figura esbelta y caracter arisco ronda el año de vida. Para ganarse su confianza hay que intentarlo con la comida, de tal manera que si al principio me rehuía en cuanto se percataba de mi presencia, al aplicar la técnica del jamón cocido ella me aceptó y no dudó en acercarse. Lo malo de esta técnica es que cada vez que abro el envoltorio del pernil, aparece su silueta a mi costado y con ronroñeos y caricias intenta que ceda a sus pretensiones. Por último Samba, o como yo le llamo Pequeño Napoleón, gato de un mes y de color atigrado, de bravo espíritu no se deja amedrentar por ninguno de sus nuevos compañeros felinos. Denota mucha vitalidad y tiene cierto ingenio felino que más de una vez me ha dejado con la boca abierta.
Hace dos noches, Nico, Susi y Samba andaban con cierto sigilo por la casa. Parecía sorprenderles algo a lo lejos, se oían golpes en el salón. Inmediatamente acudieron y desde el quicio de la puerta observaron a Pamela cerrar con vehemencia la puerta que comunicaba el salón con la terraza. Acto seguido la vieron coger también su taza de infusión (un preparado de infusiones relajantes) y como de sus labios salían palabras en tono bajo y constante como recitando un texto; sus ojos se centraban en la televisión que al instante empezó a oirse por toda la casa.Dicen que por la boca pequeña no entran ruedas de molino, quizás por eso ella hablase así, para que no le entrasen esas ruedas, sin embargo lo que en ese momento los tres pequeños felinos no sabían, es que la rueda de molino que se estaba conformado incluía dos cuchillas, una a cada lado del centro de la llanta. Esa rueda se acabó aquella misma noche.

jueves, 18 de marzo de 2010

Orfeo, ante las puertas del Ténaro

Mi rostro es la sombra que te acompaña, aquella que se estira lejos de la lumbre y se recoge cerca de ella. Soy algo de la nada y mucho del vacío, por ende Rusticiano. Puedes pisarme, extrangularme, manipularme, mentirme, obstaculizarme, denegarme, limitarme, pararme; pero, no detenerme, ni aniquilarme y a pesar de tu indeferencia bien colada, soy, estoy y existo.

martes, 26 de enero de 2010

LA VIDA EN SU MÚSICA

Su música me vuelve sereno, sus notas penetran en mi cabeza y con tanto dinamismo rimbombante dejo caer una mueca de satisfacción.
Hoy es otro de esos días en los que la música de Johann Sebastián Bach, me devuelve a la realidad, a la frívola realidad.
Hace cinco años que se la diagnosticó el mal de Alzheimer. Desde entonces su sanidad deviene prolija a la tan abyecta degradación neuronal.
Los recuerdos de mi madre se pierden en el vacío de la nada. Solamente saca a colación algunos recuerdos de su juventud, cuando conoció a mi padre. Otras veces la he oído referirse a mí y a mi hermana; nos dice que nos comamos el trozo de chocolate con leche que nos acababa de dar en la merienda antes de que llegase mi padre. Recuerdo aquellas tardes, mi hermana y yo salíamos con rapidez del colegio cuando en casa, como cada martes nos esperaba un par de grageas de chocolate con leche. Una de esas tardes en particular, me acordé de la última clase que tuve, era en quinto curso. El tema era la familia; las monjas no describieron lo maravilloso de tener un padre y una madre, al mismo tiempo que tuvieron compasión por la pequeña María, ya que ella no tenía padre; cuando faltaban unos minutos para acabar la clase, María no pudo contenerse y empezó a sollozar.
Todavía me acuerdo de la foto, a la izquierda de la instantánea, se situaba un señor, el padre protector, en su sentido más amplio, de los demás miembros de la familia; la madre situada a la derecha del padre, denotaba una posición servicial, sus manos se situaban en los hombros del hijo varón, el cual parecía estar inquieto por la escena, a su vez la madre intentaba ponerle bien la capucha del abrigo; por último la hermana, situada delante del padre, con cara de no haber roto un plato en su vida.
Debajo de la foto una frase que ponía, la familia.
Para mí, el concepto de familia que aquel día me enseñaron las hermanas de la caridad, no correspondía en absoluto con el que me había tocado vivir. Mi madre parecía vivir una penitencia que sólo le permitía sonreír, vivir, cuando su argolla se cansaba de la constante opresión que le ejercía y maquinaba una ofensiva diferente.
Mi hermana tenía grabada en su mirada la expresión del miedo a punto de aparecérsele en cualquier momento y en cualquier lugar. Como sus ojos eran enormes como platos y de un precioso verde esmeralda, la gente creía que sus húmedos ojos eran consecuencia de diversas partículas (polvo, arena…) que le hubiesen entrado en ellos. Pero yo sabía que no, que sus ojos sólo estaban esperando el tan temido sufrimiento; la impotencia por no ser como la familia que las monjas decían todos los años a sus alumnos y siendo ella una cría la única solución que le quedaba era la de esperar a que el dolor volviera y resignarse a tal situación. Pero todo principio tiene su final, así lo entendió mi hermana cuando a los dieciséis años se quitó la vida, saltando desde el acantilado de las Maravillas. Allá de donde partieron los sueños de los viajeros con destino a las aventuras de ultramar, acabó la pesadilla de mi hermana y por ende acentuó el sufrimiento de mi madre.
Cuando Sara se quitó la vida, me sentí bastante sólo en ese viaje que todavía me tocaba recorrer a mí. A mi madre le costaba luchar cada día más, de tal manera que un día cedió y se le apagó la luz de su alma.
Cuando la hermana Victoria me preguntó si mi padre trabajaba, yo le contesté que sí; cuando me preguntó si mi padre me quería, yo le dije que sí, cuando me preguntó que como expresaba mi padre su cariño hacia mi, yo le dije con la seguridad de quien ha aprendido bien la lección: “que llevar el dinero a casa”, me callé unos segundo y continué, para que mi madre pueda comprar comida, para que mi madre pueda ir a la peluquería, para que mi madre pueda ir a comprar la ropa de trabajo de mi padre. La monja me paró
Me dijo que eso estaba muy bien, que nuestro padre se preocupaba porque la familia pudiera mantener un cierto bienestar a pesar de que el estuviera trabajando. Lo que ella me preguntó concretamente era si mi padre era afectivo conmigo; yo le pregunté que quería decir afectivo, ella me respondió “afecto, cuando quieres mucho a alguien, los sentimientos que están hacia la otra persona y que se expresan de diferentes formas”. Le pregunte si se refería por ejemplo cuando mi madre nos preparaba el chocolate con leche a mí y a mi hermana para merendar los martes por la tarde. Ella me dijo que sí, que eso en parte era una manera de expresar el afecto. Acto seguido me preguntó si mi padre también nos preparaba en sus ratos libres la merienda o cualquier otra comida, yo le contesté que no, que mi madre siempre insistía en que nos tomásemos el chocolate sin prisa pero sin pausa y que jamás le dijéramos a papá donde se encontraba guardado. Ella no tardó en preguntar ¿por qué? Yo le respondí, para que a mi hermana no le llorasen los ojos. La hermana Victoria no era como esas personas que parecen aseverar sus argumentos en forma de sentencia pragmática y decidió seguir preguntando, ¿por qué a tu hermana le lloran los ojos? Porque tiene miedo respondí, ¿de qué? Preguntó ella. De que mi familia no se pareciese a la familia de la foto del libro de convivencia.
La hermana Victoria, pareció entender que mis respuestas no escondían ninguna trampa que la hiciesen dudar, porque no tardó mucho tiempo en llamar a casa y preguntar a mi madre por nosotros y nuestro estado, incluso cuando ya no estábamos bajo su influencia académica llamaba con asiduidad. Hasta que un día dejó de llamar y jamás he vuelto a saber nada de ella.
Mi padre es un tipo muy curioso, debieron de explicarle de pequeño otro modelo de familia, diferente a la que mi hermana y yo aspirábamos tener y que hasta hoy no lo había puesto en duda. Pero por aquel entonces, yo me preguntaba si en los libros de convivencia que había cuando mi padre era pequeño aparecía un padre, con expresión de control, una madre con la cabeza agachada, un hijo con ganas de matar a su padre y una hija que ve como su ilusión por la vida queda solapada por el muro del miedo.
A los catorce años y tras una década sumariada en palizas y en reproches a mi madre, abusos a mi hermana, e insultos hacia mí, mi padre se encontraba en un estado de tal embriagadez que empezaba a delirar. Los delirios iban acompañados de conspiraciones contra su persona, especialmente contra mi y mi madre, hasta tal punto que hubo una temporada en la cual mantenía que mi madre y yo nos acostábamos. El aumento de la presión contra mi, se tradujo en el descenso de la presión hacia mi hermana, sobre todo desde que ella tenía novio.
A los diecisiete años y tras el intento de mi padre por pegar a mi madre porque siempre se encontraba la sopa fría cuando llegaba del turno de noche, le clavé un cuchillo a mi padre en el abdomen, según la autopsia, el hígado de mi padre estaba perforado por un objeto punzante. El juez de menores que tuteló mi caso, entendió que al atacar con un cuchillo en una zona vital, había cometido un homicidio imprudente. Al final me condenaron como autor de una falta contra la vida de mi padre a realizar trabajos en cáritas diocesana en la isla de Mallorca
Cuando volví a mi casa, mi madre no era la de antes, había dejado de ser aquella mujer que mantenía la casa en un perfecto orden para que mi padre no se enfadase. Ahora ya no había padre, ahora no había orden y si una pequeña pensión de 478€.
Ella no me reconoció y los médicos si que la reconocieron el alzheimer. Desde entonces estoy con ella. Para hacer frente a los gastos generados desde la muerte de mi padre, me busqué un trabajo de media jornada en un supermercado cerca de casa. La última noticia favorable que he tenido ha sido el reconocimiento de la enfermedad de mi madre, como estado de dependencia y por ello aunque poco, recibiré 183 €
Ahora no espero nada, ni a nadie, sólo espero que mi madre pueda pasar los últimos días de su vida de la manera más digna posible, nada más. Mi madre, mi hermana y yo vimos como el sol se ponía, como los dioses que la sociedad nos imponía caían uno a uno. Y aunque mi hermana falleció y mi madre ya no tiene lucidez, ella y yo hemos sobrevivido y hemos visto ponerse el ocaso de los dioses.
En una habitación en penumbra Tocata y fuga en Re menor.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El rapto

Ella siempre decía que la suerte en el juego sólo corresponde con aquellos que son fieles. Aquella tarde de primavera, Perséfone y yo salíamos del Casino con un cheque por valor de cien mil euros. Como habitualmente hacía, nuestra madre nos esperaba en la salida. Aún recuerdo la primera vez que nos vio salir por la puerta; mi hermana y yo éramos dos críos, pero con la edad suficiente para resolver cuasi-satisfactoriamente el black jack, los dados y la ruleta americana; desde entonces hasta ahora han pasado siete años. La diligencia con la que nos acercábamos a ella pronto se transformó en una sonrisa de complicidad. Sin embargo aún no habíamos acabado la interpretación, enfrente de ella, la saludamos y con un disimulado gesto, le dimos el cheque. Fue entonces cuando fuimos a buscar un taxi para volver al hotel; también fue el momento en el que comenzaron mis cavilaciones sobre a qué o a dónde invertiría mi parte. Empero el cuando...
33,000€ invertirlos en algún activo financiero que ofrezca una alta rentabilidad con un riesgo menor.... no, creo que eso no funcionaría, alguien ya inventó algo que se llama estafa piramidal y siempre han acabado por perder, tanto los que invirtieron como los que la dirigieron. ¿Un coche nuevo? no, con los 50,000€ que me llevé hace tres meses me compré un Range Rover. ¿Desaparecer una temporada? no, ya lo hice con veintidós años y todavía me busca la Interpol por eso que ellos consideran contrabando... Veo que no ando muy espabilado, será mejor que lo piense con más calma cuando llegue al hotel. Lo que tenía claro es lo que iba a hacer cuando llegase a mi habitación, llamaría a Marma, ella siempre sabe como apartarme de mi dialéctica con San Agustín y apaciguar mi concupiscencia carnal.
Por cierto, ¿dónde coño están los taxis?
-Parece que hoy hay paro de taxis, mira lo que pone en la primera plana del periódico-
"La huelga pone de pie a los taxistas" Debajo había una foto, los taxistas aparecían detrás de una pancarta. El lema de la panacarta era "por el aumento de la seguridad en nuestro trabajo"
Bueno tendremos que volver en metro
-no espera, ahí deben de estar los servicios mínimos-.
A pocos metros veíamos como de un taxi se apeaba un señor con gabardina. No tardamos mucho en abordar el taxi, atrás se quedaron una pareja de mujeres inglesas de unos cincuenta sños, que nos lanzaron un par de improperios, supongo que por haberles quitado el único taxi que debía de circular por la ciudad.
Una vez dentro del habitáculo me fijé en el hombre de la gabardina y empezó a recorrerme una sensación extraña, su quietud me dejó perplejo. Al acelerar el coche, Perséfone me besó en la mejilla izquierda, ella parecía desprender una alegría propia de alguien que ha realizado con gran diligencia su trabajo, sin embargo yo me encontraba frío. Miré al taxista y me fijé en sus gafas de sol. Le pregunté a mi hermana si ya le había dicho al taxista la dirección del hotel. Ella me respondió inicialmente de forma perpleja, después con complicidad me dijo que no me preocupara, que ya habiamos dejado el trabajo y que ahora nos tocaba disfrutar, terminó por decirme que si, que le había dicho al taxista la dirección del hotel. Supongo que tendría razón, que mientras contemplaba a aquel señor, ella definitivamente había dejado de jugar. Poco a poco me fui tranquilizando al comprobar que nos alejabamos del Casino en dirección al hotel.
Unos minutos después volví a hablar con Perséfone.
¿Llamarás a Hermy?
-no, que va, está muy pesadito con que si lo nuestro va a alguna parte y no quiero que mal interprete, por eso si no le llamó pensará lo que realmente pienso yo sobre él, que es amistad lo que nos une y nada más-
¿una amistad con derecho a roce?
-no seas así (parecía algo enojada), sabes que lo que pasó fue algo extraordinario, que lo hice bajo el abrazo de Baco y que a ti que cojones te importa lo que haga yo con mi vida; a caso me meto contigo porque te tires a Marma o al efebo ése.
No contesté, miré hacia el taxista, pero parecía que estuviera concentrado en la conducción y no hacía por querer oír nuestra conversación.
Decidí mirar un rato por la ventana, veía pasar de largo las tiendas y a las personas que iban acá y acullá sin orden lógico, pero humano no obstante. Debíamos haber dejado atrás el cruce de la Gran Plaza, eso debía de parecerme porque esperaba cruzarla y contemplar el monumento a los caídos y fijarme en el tropel de gente que caminaban por las concurridas aceras, sin embargo, no situaba estas calles cerca de la Gran Plaza, es más, la calle por la que nos dirigíamos parecía alejarse de la ciudad, por ende, alejarse de nuestro céntrico hotel. Dubitativo le pregunté al taxista por qué estaba iendo por esta calle...
No contestó, mi hermana le volvió a preguntar con tono solemne, pero siguió sin contestar.
¡Pare¡ le grité, ¡¡pare aquí, ahora mismo¡¡, pero el taxista hacía como si oyese llover. Le espeté una mirada y decidí abrir la puerta, pero ésta se encontraba bloqueda por el cierre centralizado. ¡¡¡pare maldito cabrón¡¡¡ ¡¡¡déjenos salir¡¡¡
Perséfone movía la palanca de la puerta con vehemencia sin éxito alguno. Mientras, nos encontrábamos rodeados de pinares, en una carretera en pendiente, subiendo hacia el monte.
El frío volvió a recorrerme el cuerpo al comprobar que en ni en mi teléfono, ni el de Perséfone había cobertura; reaccioné de inmediato, me giré, levanté los pies e intenté romper el cristal de la ventanilla. Entonces, una voz grave y seca me dijo, está blindado, el cristal está blindado y el coche también.
¿qué quieres de nosotros, le pregunté? Pero él no respondió
La angustia me crecía por dentro, el habitáculo se me hacía pequeño, el espacio me comprimía, las pulsaciones se me dispararon y empecé a tener nauseas; miré a Perséfone, tiritaba de pánico; decidí coger su temblorosa mano y llevar juntos aquella tensa espera, que por un momento me recordó a los condenados, acercándose al patíbulo.